Desde variaciones en el nivel de confianza hasta alteraciones en el sentido del humor, quienes hablan varios idiomas suelen experimentar una transformación al cambiar de código. Un recorrido por la neurociencia, la psicología y el testimonio de los propios políglotas para entender cómo el lenguaje moldea nuestra identidad.

Por Julieta Villa Abrile
Como si se tratara del filme Fragmentado, muchos políglotas perciben desde hace décadas un fenómeno peculiar: al cambiar de idioma, sienten que afloran en ellos distintas personalidades. Aunque los límites de la identidad humana son complejos de trazar, la evidencia es, cuanto menos, sorprendente. Ya en 1960, la psicóloga social Susan Ervin-Trip lo comprobó en un estudio pionero con mujeres japonesas-americanas. Al pedirles que completaran la frase “Cuando mis deseos entran en conflicto con los de mi familia…”, las respuestas variaron radicalmente según la lengua. En un idioma afirmaron: “Es un momento de gran infelicidad”; en el otro, sentenciaron: “Yo hago lo que quiero”. Frente a estos contrastes, ¿qué dicen hoy la psicología, la neurociencia, la lingüística y los propios hablantes sobre esta mutación de nuestro comportamiento?
Podemos probar de manera muy poco científica que existe una influencia cultural en esta personalidad que parece variar entre una lengua y otra, sin importar cuán alejada de la realidad esté. Sabiendo que estas dos respuestas pertenecen a estos idiomas, se propone al lector sacar a relucir sus más interiorizados estereotipos para poder deducir qué frase pertenece a qué lengua. Lo más probable es que, dadas las referencias culturales que conocemos sobre estas dos naciones, haya acertado que la primera, más sutil, melancólica e introspectiva, pertenece al idioma japonés, mientras que una segunda conclusión fue expresada en inglés, lengua que no raramente se asocia a la arrogancia.
Este proceso tiene un nombre: cambio de marco cultural (o cultural frame switching). Se trata de un fenómeno que ocurre cuando personas “multiculturales” alternan entre distintos marcos culturales en respuesta a estímulos de su entorno.
Según una nota escrita por el periodista Gene Glarosh para U.S. Language Services, es pertinente barajar la posibilidad de que las personas bilingües estuvieran buscando (sea de manera consciente o inconsciente) encajar dando las respuestas que percibían que se esperaban.
Hay otra variante interesante relacionada con la cultura que, según se ha demostrado en diversas oportunidades, impacta fuertemente el modo en que se comprende el mundo a través de un idioma. Algunas lenguas, tales como el español, el italiano, el alemán y el francés, obligatoriamente asignan género a todos sus sustantivos. Incluso algunas lenguas eslavas como el ruso caracterizan a la mayoría bajo estas etiquetas lingüísticas. Pero lo que merece ser subrayado es que a las mismas palabras, dependiendo del idioma, se les puede adjudicar género distinto. Esto se lleva directamente a las concepciones diarias:
“Por ejemplo, si la palabra para «sol» es masculina en el idioma de una persona, esta podría intentar recordarlo imaginando el sol en términos de propiedades que se perciben como estereotípicamente masculinas, como poderoso y amenazante. Por otro lado, si la palabra para «sol» es femenina, podría enfocarse en sus cualidades cálidas y nutritivas.” (Boroditsky, Schmidt and Phillips, 2003),
La idea de que el lenguaje sistematiza y moldea nuestras percepciones del mundo no es precisamente nueva, pero sí muy aceptada. Ahora bien, procesos cognitivos tan profundos y complejos son usualmente abordados desde distintos enfoques, y ninguno termina por considerarse el “motivo absoluto”. Por consiguiente, analizaremos a su vez una perspectiva neurológica. El estudio “More than one language on the brain” (Más de un idioma en el cerebro), realizado por Itziar Laka para la Universidad del País Vasco de España, ayuda a comprender mucho sobre la aprehensión de una lengua para nuestro cerebro.
Por un lado, explica Laka, debido a que ninguno de los idiomas conocidos por un individuo (especialmente la lengua materna) acaba por desaparecer a la hora de expresarse en uno, el cerebro del mismo puede tener que reducir la influencia del idioma que no pretende utilizar, para facilitar la producción del otro. En otras palabras, es necesario “apagar” ciertos sistemas lingüísticos para poder comunicarse más fácilmente utilizando otro.
Además, se argumenta que las experiencias bilingües no son universales: expresa que hay una vasta investigación alrededor de la idea de que distintos idiomas despiertan distintas áreas físicas del cerebro. Un estudio realizado por Dehaene et al. (1997) ha logrado demostrar que las zonas cerebrales que se activaban al utilizar la lengua materna (o aprendida tempranamente) eran más similares entre los participantes. En cambio, al utilizar una lengua aprendida después, las áreas activadas variaban más de una persona a otra. Sin embargo, la edad de adquisición tuvo una influencia estadísticamente significativa en las zonas implicadas en el procesamiento gramatical, pero menor en las relacionadas con el significado.
Estas investigaciones no demuestran que sintamos las palabras de forma distinta ni que tengamos otra personalidad al hablar. Pero sí muestra que “saber un idioma” requiere componentes muy diversos que, a su vez, son afectados por muchas experiencias. Eso nos impulsa a pensar: ¿cómo perciben su identidad a carne propia los políglotas? Se realizó una encuesta a 26 personas. Aunque esta pequeña porción no representa a todas las personas bilingües, sus respuestas permiten observar algo interesante: para muchos, hablar otro idioma sí implica experimentar alguna diferencia, pero no necesariamente convertirse en alguien distinto.
Diecinueve de las 26 personas encuestadas afirmaron sentirse, en mayor o menor medida, diferentes al hablar otra lengua. Entre los aspectos más señalados estuvieron el nivel de confianza o seguridad, el tono de voz, el vocabulario, la manera de pensar y la confianza en uno mismo. El sentido del humor también apareció repetidamente. Más que una transformación radical de la personalidad, muchas respuestas parecen describir cambios en las posibilidades que ofrece cada idioma para expresarse.
Algunas experiencias, sin embargo, van más allá de la comodidad al hablar. Una de las personas encuestadas describió el italiano como “un código o disfraz que me permite tener menos inhibiciones”. Otra explicó que, cuando le da vergüenza decir algo en español, a veces recurre al inglés porque siente que, en esa lengua, sus palabras llegan “más indirectamente y no tan fuerte”.
La relación entre idioma y emoción aparece también en algo tan cotidiano como hablar de amor, escribir una canción o hacer un chiste. Una persona señaló que le resulta más fácil expresar el amor en español, pero que el inglés le ofrece otras posibilidades para escribir y rimar. Entre los tres idiomas más dominados por los encuestados, notamos que la expresión del enojo apareció repetidamente como más accesible en la lengua nativa; el italiano se reiteró como una lengua expresiva y apasionada, y en inglés, la mayoría de entrevistados manifestó ser más directo y práctico. A su vez, de las 26 personas, 25 dijeron haber sentido alguna vez que una expresión, un chiste o una emoción perdía algo al traducirse. Entendemos así que, sin importar cuánto se conozca el significado de las palabras, no garantiza que podamos trasladar intacto todo lo que transmiten.
También encontramos experiencias que reflejan que la identidad no necesariamente se encuentra fragmentada: “Soy yo siempre. Solo ajusto parte del discurso y me expreso más o menos libremente según las posibilidades que me da cada lengua”, o “El mismo, con otra cara”.
Para concluir, podemos afirmar que las experiencias en distintos idiomas sí son distintas, pero no significa necesariamente que haya un cambio en la personalidad. Este fenómeno fue estudiado desde ramas muy distintas y no existe una respuesta absoluta a qué es lo que lo provoca. Las personas relacionamos lenguas con recuerdos, contextos, emociones, etapas, vínculos, costumbres y personas. Quizás por eso no alcanza con acotar nuestra relación con una lengua a la gramática y el vocabulario, y quizás sea por eso que la respuesta es tan complicada de encontrar: no existe un solo “yo” ni una sola razón para la mayoría de las cosas. Solo hay un montón de vida que nos va moldeando y, para algunos, cambiar de idioma es conectarse con todo lo que los moldeó mientras aprendieron y con todo lo que compartieron hablándolo.
