Psicología, Secundaria, Sin categoría, Sociedad

Sexto: el año en el que vivimos en peligro

La mirada de una protagonista sobre el pasaje de la adolescencia a la juventud.

Por Guadalupe Cánepa

“They say these are the golden years, but I wish I could disappear” – Brutal, Olivia Rodrigo. 

Hay algo raro en estar en el último año del colegio: todo el tiempo te dicen que lo disfrutes porque “es el último”, pero al mismo tiempo parece que nunca hubo tantas cosas que hacer, decidir y demostrar. Mientras contamos los días para Bariloche, organizamos ‘jodas’, pensamos en el próximo acto y tratamos de aprovechar cada momento con nuestros compañeros; también tenemos que decidir qué vamos a estudiar, pensar qué queremos hacer después de diciembre y terminar el colegio de la mejor manera posible. Y, entre una cosa y otra, aparece esa sensación de que deberíamos poder con todo.

Algunos la pasan mejor que otros, o tal vez no se exigen tanto. Ojalá pudiera ser como esas personas y no estar en la dicotomía constante entre llorar porque todo acaba o sonreír porque por fin termina esta etapa que tanto nos desafió. El problema es que, desde afuera, todo parece entrar en una misma palabra: “disfrutar”. Pero ¿qué pasa cuando disfrutar también se convierte en otra cosa, en algo que sentís que tenés que hacer bien?

No estoy diciendo que mi caso sea el de todos, ni tampoco que mi experiencia sea más importante que la de los demás, pero esta es mi perspectiva y, para hablar de esta presión, también tengo que hablar desde un lugar que conozco como ningún otro. En mi caso, hay una contradicción todavía más grande: soy la abanderada de la escuela. Llevar la bandera es un orgullo y algo que valoro muchísimo, pero también significa –no me malinterpreten– la presión de sentir que tengo que mantener un determinado rendimiento hasta el último día.

Y ahí aparecen las notas de las materias, claramente. Durante mucho tiempo, sacar buenas notas fue algo que me hizo sentir orgullosa. Detrás de cada promedio hay horas de estudio, trabajos, exámenes, esfuerzo y constancia. Pero cuando te acostumbrás a que te vaya bien, aparece una expectativa que no siempre viene de los demás, sino que muchas veces viene de una misma.

Cuando durante años te acostumbrás a estar “arriba”, una nota que objetivamente no es mala puede sentirse como un fracaso. Ya no pensás solamente en “me saqué un siete”, sino que pensás: «¿Estoy bajando mi promedio? ¿Qué van a pensar? ¿Esto cambia algo? ¿Estoy haciendo suficiente? ¿Por qué a los demás parece resultarles más fácil?”. Y una prueba deja de ser solamente una prueba, un trabajo solamente un trabajo… se convierten en una medición de cuánto sentís que estás cumpliendo con la persona que esperabas ser, o que los demás esperan que vos seas. 

Lo más difícil es que muchas veces nadie te está diciendo explícitamente que tenés que estar en la cima. No hace falta… la expectativa se construye sola: está en el profesor que sabe que normalmente te va bien, en ese directivo que te reconoce por tu rendimiento y valora tu esfuerzo, en tus compañeros que te preguntan algo porque “vos seguro sabés”, en tus amigos que te ven como la persona que siempre cumple. Y, sobre todo, está en vos misma. Porque llega un punto en el que ya no sabés si estudias porque querés aprender, porque te gusta que te vaya bien o porque tenés miedo de dejar de ser la persona que todos creen que sos.

Ser “la que tiene buenas notas” puede convertirse en una identidad, y cuando esa identidad se siente amenazada, aunque sea por una sola prueba, parece que todo lo demás también tambalea. Es extraño sentir presión por algo que, en teoría, debería hacerte sentir orgullosa. Y mientras intento cumplir con esa expectativa, también tengo que lidiar con mi propia cabeza, con la ansiedad, con momentos en los que emocionalmente no me encuentro tanto, con las actividades que hago fuera del colegio y con la comparación constante con los demás, algo que puede resultar agotador.

En medio de este torbellino, te empezás a comparar con tu amigo que ya sabe qué va a estudiar, con el que tiene mejores notas, con el que parece tener todo organizado, con el que participa de más actividades, con el que parece disfrutar más. Siempre parece haber alguien que está un paso adelante. Así, casi sin darnos cuenta, terminamos convirtiendo nuestro último año en una especie de carrera en la que nadie termina de explicarnos cuál es la meta.

Quizás lo más agotador no sea solamente tener que elegir, sino sentir que tenemos que elegir bien. Todas las conversaciones en la mesa de los domingos comienzan con un: “Contame, ¿qué vas a estudiar?”, “¿vas a trabajar?”, “¿ya sabés qué querés hacer?”, y simplemente te concentrás en responder: “No sé, todavía no lo pensé…”. No porque no nos importe nuestro futuro, no porque no tengamos proyectos, sino porque todavía estamos tratando de entender nuestro presente.

Quizás lo más difícil es que parece que a los 17 años ya deberíamos saber quiénes somos, qué queremos hacer, dónde queremos trabajar y cómo queremos que sea nuestra vida. Como si elegir una carrera fuera firmar un contrato con nuestro futuro y no una decisión que, con el tiempo, también puede cambiar. Y mientras tanto, hola, ¡¡seguimos siendo estudiantes!!

Tenemos pruebas, trabajos que entregar, materias que aprobar, actividades extracurriculares y, si tenemos suerte, tenemos que buscar un poco de tiempo para dormir. Y obviamente también queremos estar con nuestros amigos, disfrutar las últimas semanas juntos, preparar las jodas, esperar Bariloche y aprovechar esos momentos que durante años imaginamos como “la mejor parte del colegio”.

Pero hay algo que casi nunca se dice: no todos llegamos a esos momentos de la misma manera. Hay quienes están contando los días para que termine el colegio y quienes tienen miedo de que termine. Hay quienes ya saben qué carrera quieren estudiar y quienes todavía no tienen la menor idea. Hay quienes pueden disfrutar cada festejo sin pensar demasiado en lo que viene y quienes, como yo, incluso estando en un boliche, tienen la cabeza llena de preguntas.

Es posible estar riéndote con tus amigos y, al mismo tiempo, estar pensando en el examen de la semana siguiente; es posible estar esperando Bariloche durante meses y, al mismo tiempo, tener miedo de todo lo que va a pasar cuando volvamos. Es posible querer terminar el colegio y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque sabés que algunas de las personas y rutinas que forman parte de tu vida desde hace años están a punto de cambiar. Y quizás por eso el último año se siente tan contradictorio… y tan peligroso.

Estamos viviendo cosas que sabemos que vamos a recordar durante toda nuestra vida, pero al mismo tiempo estamos atravesando una etapa en la que todo parece exigirnos una respuesta. Tenemos que disfrutar. Tenemos que rendir bien. Tenemos que decidir. Tenemos que aprovechar. Tenemos que pensar en el futuro. Tenemos que estar presentes. Tenemos que despedirnos. TENEMOS, tenemos, ¡tenemos!

En medio de todos esos “tenemos que”, a veces es complicado pensar en cómo nos sentimos… Quizás el problema del último año no sea que tenemos demasiado que hacer, sino que quizás sea que sentimos que tenemos demasiado que demostrar. Demostrar que aprovechamos el último año. Que tenemos buenas notas. Que merecemos los reconocimientos que recibimos. Que sabemos qué queremos estudiar. Que podemos con el colegio, con las actividades, con nuestros amigos, con nuestra familia y con todo lo que viene después.

Y quizás nadie nos está pidiendo realmente que hagamos todo eso. Quizás muchas veces somos nosotros mismos los que nos ponemos esa lista imposible sobre los hombros. Todavía tengo que terminar el colegio. Todavía tengo que rendir pruebas, entregar trabajos, decidir qué voy a hacer después y, supuestamente, disfrutar todo lo que queda.

No sé si voy a lograr hacerlo todo, y posiblemente no salga como yo espero que lo haga. Pero quizás, por una vez… eso también esté bien. Porque tener 17 años debería permitirnos no tener todas las respuestas. Estar orgullosos de lo que conseguimos sin sentir que tenemos que demostrar constantemente que lo merecemos. Poder disfrutar sin convertir el disfrute en otra obligación.

Terminar el colegio no debería significar llegar a diciembre habiendo demostrado que pudimos con todo, quizás debería alcanzar con haberlo vivido y saber que, aunque haya estrés, aunque haya profesores que te la pongan aún más difícil, aunque haya materias de relleno que no te van a servir de nada… saber que estuviste ahí. Que estuviste presente, viendo desde lejos todo lo que está pasando, con cara de ‘boluda’ riéndote con las cagadas de esos mismos compañeros todos los días a las 7 de la mañana… porque de eso se trata. Disfrutarlo a tu manera, aprender a tomarlo desde tu punto de vista y no del de los demás; o el que los demás quieran hacerte ver.

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