La historia de Ornela Ramírez, taekwondista que cumplió un gran sueño y que, con trabajo y disciplina, aprendió que ganar es algo mucho más grande que ocupar el primer lugar en un podio.

Por Agustina Iris Ávalos
Hay sueños que empiezan mucho antes de que alguien los vea cumplirse. Se construyen en silencio, entre días de cansancio, miedos que parecen imposibles de superar, abrazos que sostienen y personas que creen en nosotros incluso cuando nosotros mismos dejamos de hacerlo. Para Orne Ramírez, llegar a un Mundial de Taekwondo fue mucho más que alcanzar una meta deportiva: fue descubrir de qué era capaz, atravesar uno de los años más difíciles de su vida y entender que, a veces, ganar significa algo mucho más grande que ocupar el primer lugar.
Detrás de aquel noveno puesto hubo meses de entrenamiento, cumpleaños y encuentros perdidos, momentos de duda y un esfuerzo que no siempre estuvo a la vista de los demás. Pero también hubo ausencias que dolieron, personas que se convirtieron en refugio y un sueño que, incluso en los días más difíciles, siguió dándole motivos para avanzar.
Con una mezcla de orgullo, nostalgia y felicidad, recuerda una experiencia que la marcó tanto dentro como fuera del cuadrilátero. En esta entrevista con Il Giornalino, cuenta cómo vivió la preparación, cuáles fueron sus mayores dificultades y qué significó para ella terminar novena en una competencia de nivel internacional.
—¿Qué significa para vos haber llegado a un Mundial y terminar novena en tu categoría?
—La verdad es que todavía me cuesta dimensionarlo. Para mí fue un honor y me pone muy orgullosa todo el proceso. Fue la locura más hermosa que viví hasta ahora.
—¿Cuál fue tu mayor dificultad durante la preparación?
—Tuve muchísimos desafíos al intentar amigarme con el combate. El miedo durante la pelea fue mi punto débil hasta que decidí trabajarlo. Hubo momentos en los que me sentía muy mal haciendo lucha y tenía mucho miedo de enfrentarme a otras personas. Por eso decidí contactar a una psicóloga deportiva que pudiera ayudarme en ese proceso.
—¿Quiénes fueron las personas que más te acompañaron durante este camino?
—Definitivamente, mis papás, Alcides y Patricia, que junto a mi hermanito estuvieron ahí en todo momento, acompañándome tanto emocional como económicamente y haciendo todo lo posible para que pudiera ir. También mi novio Ezequiel, que me acompañó en los momentos de bajón y de alegría, y mi psicóloga deportiva Gisela, que me ayudó a encontrar una mejor versión de mí misma.
—¿Qué sacrificios tuviste que hacer para llegar a competir internacionalmente?
—Implicó muchísimo entrenamiento mental y físico, perderme cumpleaños y fiestas, dejar un poco de lado la facultad y algunos momentos familiares. Decidí hacerlo porque sabía que estaba buscando mi sueño. Es algo que siempre me hizo feliz y, para mí, realmente valía la pena.

—¿Qué hay detrás de un noveno puesto que los demás no llegan a ver?
—Realmente hay muchísimo. El proceso es tremendo y para todos es distinto. En mi caso, durante los meses previos a la Copa atravesé momentos muy difíciles, como la pérdida de mi abuelo Ángel y, un mes después, la de mi tío Luis. Fueron dos pérdidas que me afectaron bastante. Además, la gente no suele ver todo el sacrificio de faltar a lugares para priorizar el entrenamiento o el descanso, que también es muy importante.
—¿Cómo fue enfrentarse a competidoras de otros países?
—Fue una sensación increíble que me cuesta expresar con palabras. Antes de empezar mi proceso con la psicóloga deportiva, me comparaba muchísimo con las demás competidoras y me sentía perdedora antes de entrar. Pero, después de trabajar durante unos meses, logré sentir orgullo de mí misma y felicidad por estar midiéndome con mujeres que tienen un nivel increíble. Incluso me tocó competir contra una de mis ídolas y, cuando terminamos, pude decirle que había sido un honor enfrentarme a ella.
—¿Qué diferencias encontraste entre un torneo nacional y un Mundial?
—Lo primero es el nivel. En un torneo nacional quizás hay menos presión y menos ruido en las gradas. En una Copa del Mundo, en cambio, todos van a buscar su sueño. Todos entrenaron durante meses para ese momento y quieren acercarse a ser campeones del mundo, dejándolo todo.
—¿Qué te dejó esta experiencia como persona?
—Me permitió reconocer que soy capaz de lograr las cosas que me proponga, o al menos de intentarlo, siempre disfrutando del proceso. Para mí, el regalo más grande fue conocer esa parte de mí que estaba guardada y de la que no era consciente. También me quedó el cariño que recibí durante esa semana y después. Mi familia estuvo mirándome en vivo por YouTube, mandándome mensajes de aliento y, cuando volví a casa, me hicieron un festejo sorpresa. Fue algo hermoso, especialmente porque ese año habíamos compartido mucho dolor. Que se alegraran tanto por la Copa me dio la misma felicidad que habría sentido si salía campeona del mundo.
—¿Qué significa hoy para vos ese noveno puesto?
—Hoy lo recuerdo con una nostalgia hermosa y muchísimo orgullo. Haber estado ahí, compartirlo con las personas que amo y vivir todos esos meses de preparación fue un regalo. Quedar novena me demostró que soy capaz y que no estoy tan lejos. Me dejó el mensaje de que, si sigo, puedo mejorar mi posición. Fue el empujón perfecto para seguir buscando mi lugar.
La experiencia de Orne demuestra que los resultados deportivos no siempre reflejan todo lo que hay detrás de una competencia. Su noveno puesto representa mucho más que una posición en una tabla: es el resultado de la constancia, el esfuerzo y el aprendizaje de confiar en sí misma. Con nuevos objetivos por delante, se lleva el orgullo de haber cumplido un sueño y el recuerdo de haber compartido el cuadrilátero con mujeres a las que siempre admiró.
