Cultura, Educación, Secundaria

Escribir para resistir

2° Concurso Literario, Partido de Escobar.

Por Fátima Aguila

La imagen de Ana Frank escribiendo en su diario se desdibuja, se tacha con violentas manchas de sangre y lágrimas sin consuelo al pensarla en un campo de concentración. Agonizando en la penumbra, muerta de hambre, frío, abatida junto a millones de cuerpos vacíos quedó esa imagen borroneada por la historia. La tortura de una lucidez predilecta en medio de la oscuridad. Eso fue su corta vida, un fugaz destello de luz que logró trascender más allá de su muerte. Luz que trascendió debido a que, además de ser una de las millones de víctimas que se cobró el Holocausto, Ana Frank también fue una escritora. Entre tintas y papeles ella supo llevar y relatar años de encierro, clandestinidad y violencia. En su cuaderno se refugió, encontró compañía y fuerzas para resistir al mal que acechaba.

Declara en las primeras páginas de su diario su voluntad de volcar allí razonamientos personales a partir de la escritura: “Siento que transcurrido un tiempo nadie, ni aun yo, se interesaría por las confidencias de una muchacha de trece años. En fin, esto carece de importancia. Quiero escribir y aun mas, hacer que afloren los pensamientos más hondos de mi corazón”. El deseo y la intención de escribir es, ni más ni menos, lo que convierte a una persona en escritora.

Así como Ana Frank, una inimaginable cantidad de personas compartimos la pasión por esta forma de expresión artística. Somos los que nos estremecemos al pensar en la escritura. Quienes apretamos con fuerza la pluma y se nos acalambra la mano por el afán de escribir rápido para que ninguna palabra se escape lejos. Perdiendo la noción del tiempo, sentados en nuestros escritorios nos sumergimos en ideas y pensamientos profundos. Navegamos en la creatividad que fluye en nuestro interior para después empaparlos a todos con aquello que tenemos para contar, que queremos comunicar, expresar por medio de palabras escritas.

Griselda Gambaro, Rodolfo Walsh, Julio Cortázar fueron reconocidos amantes de la escritura. También fueron perseguidos y arrojados al exilio ¿Su delito? Defender sus ideas y expresarlas libremente así como lo estoy haciendo yo en este documento. Lo que los diferencia a ellos de mi, es la época en la que vivieron. Gobiernos de facto, autoritarios y para nada democráticos consideraron como una amenaza el manifestar sus pensamientos a través del arte. Ante los ataques, ellos resistieron en la escritura, en su pasión. Se atrincheraron ahí, armados de conocimiento, puesto que pienso que no hay arma más poderosa en el mundo que el saber.

El conocimiento es un arma que no mata, sino que da vida a nuevas ideas. Es un arma que te abre la cabeza, te la parte en dos, te hace pensar, tomar dimensión de aquello que sucede alrededor. Ahí está su poder, porque quien sabe, no lo engañan fácil. Quien sabe, es difícil de manipular. Quien sabe, se organiza, resiste y lucha por aquello que cree justo.

El saber fue sinónimo de subversión durante la última dictadura cívico militar en nuestro país, porque con la escritura y la lectura de un libro, se pueden conseguir grandes propósitos. La literatura nos permite aspirar a la construcción y deconstrucción de nuestros pensamientos, como individuos y grupo humano. Los libros son los ladrillos con los que se levanta la historia, permitiéndonos apreciarla y recordarla. Entonces, si un tirano arranca el arte y la cultura de un pueblo, lo deja sangrando en agonía, dado que le quitó una parte importante de su identidad. Estremece pensar que hace más de 40 años, en el país en el que vivimos, millones de libros de todo tipo fueron quemados por la dictadura y sus colaboradores civiles. Un libro no es un material combustible, pese a estar hecho de papel, tiene otras utilidades. Duele saber que en las páginas más tristes de nuestra historia como pueblo, se incendió arte.

Arde la literatura, como una herida recién abierta. Sangra la literatura, desgarrada en llanto. Llora la literatura, como un niño nacido en la clandestinidad. Resiste la literatura, rasguñando con fuerza la jaula de la opresión. Sufre la literatura, juntando sus pedazos arrancados. Resurge la literatura, de los restos de aquellos libros quemados.

El fuego se apaga, como se apaga el odio con el amor de una abuela. Pero, las cenizas, al igual que la historia y la memoria de los pueblos, permanecen firmes junto a quienes la tienen siempre presente, aquellos que la recuerdan para no volver a caer en ese doloroso pozo ni una vez más.

Durante la última dictadura, leer y escribir, era un acto revolucionario porque cuando sólo se impone un pensamiento y una única verdad, no hay disidencias, no existen los cuestionamientos, ni los debates. Sin diversidad de raciocinio, no hay progreso. Por esto mismo, todos los artistas que incitaban a la reflexión o cuestionaban al orden establecido eran una amenaza porque hacían ruido en la oscuridad intentando despertar a un pueblo dormido por el miedo.

¿Les tembló la mano a los escritores de esa época? Posiblemente. El miedo es una sensación humana y todos lo podemos sentir. Sin embargo, pienso que ellos lo perdieron, lo dejaron atrás, lo aplastaron con la voluntad de escribir y seguir escribiendo a pesar de las consecuencias. Esto queda evidenciado en sus producciones debido a que, a pesar de los nazis, de los milicos, del falcon verde y los campos de concentración, ellos escribieron. El miedo es el enemigo de la lucidez, dicen algunos. Por lo que yo pienso que los escritores de esos tiempos le ganaron por goleada al miedo, dado a que quien es capaz de producir, pensar, crear e imaginar en épocas oscuras y sangrientas, es capaz de todo.

Ana Frank, además de ser escritora, también fue joven. Una adolescente de quince años con un futuro verdaderamente prometedor. Un futuro que no fue, no pudo ser. No la dejaron ser porque le arrancaron la vida de manera tortuosa e inhumana. Ella, como todos jóvenes en esos tiempos, eran el futuro. Jóvenes, así como lo somos nosotros hoy. Jóvenes, así como lo fueron nuestros padres, nuestras madres, nuestros abuelos y abuelas en tiempos pasados. Ana sufrió el Holocausto en primera persona. Ellos, la dictadura, con todo lo que esa palabra significa para los argentinos y argentinas. Fueron ellos las víctimas que padecieron por años la pérdida de sus derechos, un estado ausente y el aberrante accionar de las fuerzas armadas. Ellos encarnaron el dolor de perder a un amigo, un familiar, un conocido y cargar con la incertidumbre de no saber si estaba vivo o muerto, porque estaba, y dolorosamente puede seguir estando, desaparecido. Años de silencio, miedo e injusticia marcaron a fuego sus vidas. Fueron ellos, los que vivieron la muerte de un país, su país. Somos nosotros, los jóvenes de hoy, los que heredamos esa pesadumbre y somos también los responsables de restaurar el presente pensando a futuro.

El futuro llegó hace rato, está acá y somos nosotros. Creo yo que debemos superar el miedo por lo que vendrá. El futuro no está perdido, el pasado, lamentablemente, sí. Como bien explica Ana en su diario “Lo hecho, hecho está, pero es posible evitar que se repita.” Nada podemos hacer para enmendar el pasado. Pero, teniendo presente y recordando lo que sucedió ayer podemos hacer mérito para que no suceda lo mismo mañana. Ahora bien, ¿De qué manera no olvidamos? La escritura, es una de las tantas formas que tiene la historia perdurar a través del tiempo. De esta manera, dotándonos de herramientas y conocimiento, podremos y seremos capaces de construir un futuro mejor para nosotros y para los que vendrán.

Cuando pienso en Ana, la imagino con su cuaderno entre los brazos y una mirada cansada de estar escondida. La veo escribiendo, alejándose por momentos del infierno que se desataba fuera. “Lo más maravilloso es poder escribir todo lo que siento, sino me ahogaría” manifiesta ella en su diario. La escritura sin dudas libera, e imagino que para ella abrir su cuaderno era igual que abrir las puertas hacia la libertad, hacia la posibilidad de expresarse sin ataduras, sin presiones, sin temor.

La libertad de Ana, y la de tantos otros, fue destrozada por la crueldad de quienes odiaban en tiempos de guerra, creyéndose dueños de vidas ajenas y sintiéndose capaces de exterminar etnias completas. Por esto, sostengo que a todos ellos no sólo los mató el despotismo, también fue la ignorancia, la apatía, la indiferencia y la hostilidad reflejada en sus actos. Para mi, a Ana Frank, y a tantos millones, los mató el odio. Ese sentimiento pesado y espeso, que en el momento en el que colma un cuerpo lo inhabilita a sentir. Cuando alguien odia, se ciega, se bloquea, se enferma y se encarga de que la vida de quien es odiado sea más miserable que la propia. Debemos darle batalla al odio. Lo tenemos que vencer resistiendo. Defendiendo con uñas y dientes lo propio, lo nuestro, aquello que queremos.

Hoy escribo para resistir al olvido, para alzar bien alto la bandera de la memoria. Busquemos el modo de resistir. Una cantidad incalculable de escritores lo hallamos acá, entre letras. Afirmando, día tras día, siglo tras siglo, este amor al arte, a la literatura. El amor, ese amor libera, atraviesa fronteras, rompe cadenas y vence al odio. Éstas son, desde mi profundo punto de vista, las bases de un mundo mejor, más justo y menos violento.

*Este ensayo fue escrito bajo el seudónimo Elisabet.

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