Cultura, Sociedad

Sociedad y consumismo desenfrenado

Ensayo sobre la lectura de textos de Zygmunt Bauman y Néstor García Canclini

Por Catalina Fermocelli y Brenda Guinzburg

 Vivimos en la sociedad del consumo. En ella, alrededor de la tercera parte de los adultos tiene problemas para controlar el dinero que gasta, incluso cerca del cinco por ciento llega a ser adicto al consumo de forma patológica.

El consumo como concepto no hace referencia a nada malo ni perjudicial. Podemos definirlo como el simple hecho de consumir para satisfacer necesidades o deseos. El problema llega cuando esta actividad se vuelve patológica. Entonces ya no hablamos de ‘consumo’ sino de ‘consumismo’.

El consumismo puede referirse tanto a la acumulación, compra o consumo de bienes y servicios considerados no esenciales, como al sistema político y económico que promueve la adquisición competitiva de riqueza como signo de status y prestigio dentro de un grupo social.

Entendido como adquisición o compra desaforada, el consumismo idealiza sus efectos y consecuencias asociando su práctica con la obtención de la satisfacción personal e incluso de la felicidad personal.

Uno de los motores principales que incentiva el consumismo es la publicidad. Esta consigue convencer al público de que un gasto es necesario, es decir, manipula a las masas por medio de anuncios o demostraciones a través de los medios de comunicación masiva, consiguiendo que éstas crean que lo que están por consumir es algo absolutamente necesario para su día a día.

El principal argumento para la defensa de la sociedad de consumo, según lo explica el sociólogo Zygmunt Bauman en su libro Vida de Consumo, se apoya en la idea de que el consumo contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas y, además, ayuda a las sociedades a desarrollarse.

Constantemente nos convencemos de que los productos que compramos nos van a hacer felices y nos van a ayudar a vivir mejor, debido a que somos consumidores por naturaleza y no por constructo legal u obligación, ya que forma parte de nuestra cultura y de una inclinación innata de los hombres hacia los productos.

Así el consumo toma poder, invade todas las formas sociales, volviéndose esta acción algo primordial para el ser humano. Es decir, la sociedad se expresa en toda su amplitud a través del consumo. Como ya hemos dicho no basta con cubrir una necesidad.

Actualmente con el consumo se deben conseguir otro tipo de beneficios, como por ejemplo el reconocimiento en un grupo social. En este caso el dinero adquiere el poder de incluir o excluir a un miembro que no puede cumplir con los parámetros y condiciones de consumo establecidos por un grupo determinado.

A partir de esto, podemos reflexionar sobre la idea que expone el sociólogo Néstor García Canclini en su artículo “El consumo sirve para pensar”, a propósito del consumo y la distinción social. Si el requisito para poder acceder a estos bienes es tener dinero, cabe preguntarse qué es lo que ocurre en nuestra sociedad donde hay millones de pobres, que quedan excluidos mayoritariamente del consumo de calidad y están, de alguna manera, condenados a consumir productos innecesarios que tengan al alcance.

De manera que podemos decir que el consumo actual no sólo tiene como objetivo cubrir necesidades o satisfacer deseos, sino que, además, sirve para distinguir a las personas entre sí, evidenciando aún más las diferencias de clases sociales.

Un ejemplo clave de la diferenciación de clases en el consumismo es, por ejemplo, cuando se suma un producto nuevo al mercado que es muy popular pero extremadamente caro: un par de zapatillas de marca o un teléfono celular de última generación. Estos pueden no ser necesarios, pero se impondrán en la sociedad de consumidores por la presión de la marca y las tendencias de la moda. Así, probablemente, podremos observar que los consumidores que poseen mayor poder económico las adquirirán rápidamente para poder distinguirse o destacarse del resto, mientras que las personas que no tienen suficiente dinero para costear dichos productos, buscarán la forma de acercarse a ellos para no sentirse excluidas.

Bauman describe en el capítulo “Sociedad de consumidores” del libro antes mencionado, los rigurosos parámetros de exclusión de los consumidores fallados, que son aquellos que la sociedad considera inadaptados o inválidos.

En la sociedad de productores, que se fortaleció a partir de la Revolución Industrial, se consideraba inválido a un ciudadano que no poseía las condiciones necesarias para realizar su trabajo o para desempeñarse en el campo de batalla. En la sociedad de consumidores, en cambio, a aquellas personas que carecen del suficiente poder económico para adquirir productos o incluso deciden no hacerlo por anticonsumismo, también se les nombra como consumidores fallados.

De esta manera, hemos llegado a convertirnos en una sociedad materialista, consumista y muy competitiva. La competitividad se refleja en el consumo, ya que el hecho de comprar cada año un nuevo bolso o un teléfono nuevo no responde a una necesidad real, sino a un deseo de adquirir mayor status social.

Según aclama Bauman en su texto, en los ciudadanos se encuentra un instinto que no posee una procedencia exacta, el cual se denomina “orgullo prometeico”. Este instinto consiste en que en el proceso de nuestra vida podamos elevar nuestra persona hacia algo más grande convertirnos en lo que queremos y generar un orgullo de creación buscando reconocimiento de los demás. Este “desafío prometeico” tiene como objetivo ser incluido y reconocido en la sociedad por sus atenciones de bienes y productos, lo que significa un deseo de elevarse ante los demás un reconocimiento. Y aquel que se niega a cumplir con las ideas consumistas teniendo el poder económico, es mal visto y marginado.

Ya que, el que no consume no está disfrutando la vida al completo porque, hoy en día, vivir es consumir.

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