Sociedad, Tecnología

El futuro que creamos

En esta nota el filósofo, psicoanalista y epistemólogo Miguel Benasayag explica y reflexiona acerca de la Inteligencia Artificial.

Miguel Benasayag, filósofo argentino residente en Francia.

Por Julieta Villa Abrile y Catalina Piacentini López

“Yo creo que la interpretación catastrófica de lo que pasa hace parte de la destrucción directamente; cuando alguien mira alrededor y solo ve ruinas, está participando a la producción de ellas”, expresa el filósofo, psicoanalista y epistemólogo Miguel Benasayag. Argentino, residente en Francia desde el 1978, con cuarenta libros escritos, es uno de los estudiosos con más prestigio en su campo. “Siempre se mezcló en mí ese interés de comprender, con un deseo de compromiso social y político”, le cuenta a Il Giornalino en este diálogo profundo Benasayag, quién también se especializó en neurociencia, desde donde busca entender cómo las nuevas tecnologías afectan a nuestro cerebro. ¿Son estas tecnologías más perjudiciales de lo que aparentan? ¿Cómo lograr un equilibrio entre utilizar estas tecnologías como una herramienta y no caer hipnotizados por las mismas?

–Un tema que se aborda en muchas de tus obras es la delegación de funciones que se hace por parte de los seres humanos en la tecnología. ¿Qué podés contarnos sobre esta delegación para sentar las bases de tu teoría?

–La delegación de funciones es un mecanismo muy típico de la evolución de especies: sabemos que los perros de hoy evolucionaron muy vecinos con el ser humano intercambiando funciones. Para decirlo de manera narrativa, como si un grupo de “pre perros” se acercó a un grupo de prehumanos y aceptaron ser menos agresivos. Los hombres siempre dejaban un poco de basura, de desechos. Se beneficiaban de eso. Esta proximidad a través del tiempo, hizo entonces que los que iban a transformarse en perros se ocupen de un montón de cosas. El oído fino, la atención… El cerebro humano no se ocupaba más de esas funciones y se ocupaba de otras cosas. Entonces en realidad, en la evolución siempre hay estos intercambios. Con las máquinas digitales, lo que pasa es que hay una delegación de todas las cuestiones cerebrales, como sucede con el GPS, por ejemplo. Se trata de una delegación demasiado rápida que hace que individualmente y socialmente, delegamos eso pero no tenemos intercambio –este intercambio se llama reciclaje–, o sea que los humanos estamos cada vez más restringidos de nuestras posibilidades.

–Una de las consecuencias de esta delegación, según entendemos es el atrofiamiento de ciertas partes del cerebro. Como adolescentes, debido al período de crecimiento en el que nos encontramos ¿son más propensos o se desarrollan de distinta forma o con más rapidez? ¿Hasta qué punto son reversibles?

–Hay algunas zonas, regiones, núcleos o funciones del cerebro que a fuerza de no utilizarlas pueden tener algo similar a un atrofiamiento. Esto se debe a que el cerebro metafóricamente, funciona como músculo: si no te servís de un músculo, poco a poco
disminuye sus capacidades. En el caso de los y las adolescentes es un poco más inquietante, ya que en el caso de mi generación o generaciones de 45 años en adelante vivieron en el mundo no digital. Entonces tenían que saber ubicarse en el espacio para saber a dónde ir o aprenderse los números de a quienes quisieran llamar. Entonces claro, hay una barrera entre estas generaciones que hace que en los “nativos digitales”, haya una delegación más grande y lo que estamos tratando de comprender es cómo se compensa esto. Una de las maneras de hacerlo es, paralelamente a la utilización de las máquinas, tener otras actividades cerebrales. El ejemplo que yo doy siempre es: ‘vivo en un sexto piso, allá en Francia, y tengo un ascensor, pero hago gimnasia. No es que porque tengo un ascensor me volví una gelatina’. En este caso sucede algo similar. A veces los papás, las mamás vuelven muy cansados del trabajo, entonces no pueden ocuparse de los chicos, por ahí van a ponerlos horas y horas frente a las pantallas . En cambio, hay otros padres que están más al corriente, tales pueden decir “Bueno, podés leer libros también”. Aparte, no podes decirle a tu hijo, hija “¡LEE LIBROS!” tenés que motivarlo. Hay que preocuparse por estructurar nuestras funciones cerebrales paralelamente a la utilización de las máquinas.

–¿Cómo cambia en los procesos de aprendizaje si se usa o no la tecnología, sea en sí la lectura digital o por ejemplo, la inteligencia artificial?

–Estar en relación con la materia, con el volumen y con el peso de las cosas hace la diferencia. No es lo mismo que simplemente estar informando. O sea, la experiencia es lo que realmente te permite comprender lo que vos vivís como cuerpo, como persona. Algo que ustedes experimentaron en su vida queda marcado. Es como una escultura de memoria, que funciona así, esculpiendo el cerebro. Por eso lo que vivís no te lo olvidás, se articula de una manera u otra. Cuanto más estás en la información y menos en la experiencia vivida, más estás dentro de un nivel de impotencia, porque dejamos de aprender. De todos modos, no hay que ser catastrofista… pero hay que tener todo eso en cuenta, porque por ejemplo, cuando alguien te explica algo, un papá una mamá, un profesor “buena leche” hay una información que se recibe, pero hay todo un ritual de transmisión, de cuidado del otro y de atención, que te estructura; la información es lo de menos. Entonces si tuvieras un aprendizaje puramente con una máquina, sin paredes, escuelas o presencia, todo lo que constituye la transmisión está perdido y lo único que queda es la información.

–En clase, conversamos sobre la manera en la que la tecnología nos vuelve individualistas, en la medida en que nos aleja de los otros al recibir información, y como seres sociales que somos, termina por perjudicarnos. ¿Qué opinás sobre esta idea?

–Es una especie de paradoja… porque todos esos útiles de comunicación no desarrollan los lazos entre las personas. Mismo los rompen, porque la presencia es otra cosa que simplemente estar informando al otro. Así que si podemos constatar que cuanto más se utilizan los útiles de comunicación y menos la presencia, más esto va a este lado de la experiencia individualista que es lo que es. Estás solo, frente a tu aparato, pero lo que estás experimentando es en soledad. Y por otra parte, en la comunicación virtual, muy rápidamente la violencia crece, no se regula. Rápidamente vamos a insultar al otro, a atacarlo.

–En años anteriores, leímos el libro de Ray Bradbury Fahrenheit 451. Aunque sabemos que no le gusta pensar de maneras tan catastróficas ¿Piensa que algo de esto está ya sucediendo en la actualidad o podría en un futuro?

–Yo creo que la interpretación catastrófica de lo que pasa hace parte de la destrucción. Éticamente y humanamente es una vergüenza, porque ni siquiera es una opinión; cuando alguien mira alrededor y solo ve ruinas, está participando en la producción de ellas. No hay que olvidarse de que el deseo de vida, el deseo de ver a pesar de la destrucción, de ver por donde pasa la vida… produce vida. Yo creo que sobre todo la gente adulta, la gente de mi generación, que se regodean con el catastrofismo, son una vergüenza; porque tenemos una responsabilidad frente a la vida; de los adultos frente a los jóvenes, y de los jóvenes porque es el mundo que les toca vivir. La verdad es que sí, estamos con problemas, la situación es muy compleja, muy amenazante, pero el mundo debe funcionar imprescindiblemente, la cuestión es por qué lado lo hará. Hay cosas que hay que abandonar; el modo extractivista, productivista, el ver la vida como algo utilitario, el decirle a los jóvenes “aprendan cosas útiles”. No, lo que hay que decirles a los jóvenes es “sigan su camino, construyan su camino con deseo, con alegría” y no digo esto por mera cuestión poética, no es una posición simpática el decir “sigan su deseo”, es muy serio porque un joven que sigue su deseo, un jóven que explora el mundo, la vida, es un joven que se estructura y los jóvenes estructurados podrán afrontar lo que pase. No se dejen entrampar por el “aprendé cosas útiles porque el mundo está duro”.

La inteligencia artificial y la delegación de funciones, una tensión propia de esta época.

Entonces, a mí no sólo me parece que éticamente el catastrofismo es insoportable, sino que al contrario, la única preocupación tiene que ser cual es nuestro aporte al desarrollo de la vida, y parte de eso es proteger a los jóvenes de este terrorismo que les implantan los adultos al decirles “No tenés tiempo, tenés que aprender cosas útiles, olvidate de la guitarrita porque si la guitarrita no te da guita de las a cagar de hambre”, no, cada uno tiene que seguir su vía, porque siguiendo su vía va a hacer una vida.

–¿Qué ideas centrales se tratan en tus últimos libros?

–“La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco)”, como dice su título, este libro habla sobre la inteligencia artificial, chat gpt, cómo funcionan y un poco lo que estamos hablando acá. Junto a Ariel Pennisi, el coautor de este libro, tratamos de comprender y explicar la diferencia entre lo vivo y lo artefactual. Otro de mis libros, “Contraofensiva” lo desarrollé junto a un amigo francés, Bastien Cany, este trata sobre cómo podemos pensar hoy en día el actuar social. En dos palabras, nosotros lo pensamos como “resistencia” y “creación»; resistir la destrucción actual no puede ser simplemente hacer las cosas como antes, estar en contra no basta. La gente de mi generación y otras se creyeron que había que tomar el poder, hacer una revolución para cambiar todo, pero no solo no cambiamos nada sino que empeoramos las cosas. Nosotros creemos que debemos accionar creando, crear modos de vida, modos de producción, modos de consumo diferentes para oponerse un poco a esta destrucción. Las cosas se cambian horizontalmente y los movimientos femeninos producidos desde el siglo pasado, mostraron eso, que para cambiar el mundo no tomaron el poder, sino que cambiaron el modo de vida

–Por último, ¿Hay algún mensaje o reflexión que le gustaría compartir con nuestros lectores?

–Yo creo que dos cosas: la primera, que no hay que dejarse entrampar, ni en la tristeza, ni en lo utilitario, que a pesar de la urgencia del momento, lo único que es urgente es vivir la vida plenamente y no aceptar la disciplina que te da el miedo. Durante la pandemia vimos eso, todos los poderosos del mundo vieron que con el miedo podían disciplinar a todo el mundo. Yo no sé si médicamente tenían razón o no, lo que yo sí sé es que fue una experiencia que mostró que cuando se le metía miedo a la gente, la gente obedecía, se quedaba en su casa y se callaba la boca. Yo lo que creo realmente es que hay que ir del lado de la vida, y no del lado del confort. Si vos querés conocer a alguien, vas y conocés a alguien, si vos querés hacer algo, vas y lo hacés. Desarrollar la alegría de la vida, porque pase lo que pase es lo único que vale la pena y que puede impedir lo peor. Mi segunda recomendación es vivir el presente. Mi generación se la pasó diciendo “el presente no importa, el futuro será fantástico”, ahora dicen “El presente no importa, el futuro es una mierda” pero no, lo único que importa es el presente, lo cual no quiere decir lo instantáneo, el presente quiere decir estar acá, vivir la vida.

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