La historia de vida del joven palista escobarense, que muestra el camino de disciplina, sacrificio y enfoque absoluto que requiere perseguir un sueño grande: llegar desde el canotaje a los Juegos Olímpicos.

Por Simón Muños Arrua
A los siete años, cuando la mayoría de los chicos aún no sabe qué deporte le gusta, Manuel Orero (22 años) corrió su primera carrera. Ese es el recuerdo que marca el verdadero comienzo de todo.
Mientras rememora sus primeros pasos en el club (CRNBE), cuenta: «Cada fin de semana se transformaba en un conjunto de juego, aprendizaje y disciplina. Me enganchó pasar el fin de semana en el club, jugar e ir mejorando en cada bote, aunque me costaba», agrega.
A diferencia de lo que se ve a simple vista —que el deporte le resulta natural— para él nunca fue así. «No sé si diría que es lo mío; siempre me costó muchísimo. Me frustraba, me cansaba. De chico me ilusionaba con ir a los Juegos Olímpicos. Los veía en la tele y me parecía lo máximo». Esa ilusión, recuerda, fue suficiente para tomar la decisión que lo acompaña hasta hoy: dedicarse al deporte y esforzarse al máximo.

Su dedicación comenzó temprano. «De chico ya me dedicaba al máximo; prioricé el descanso, intenté alimentarme muy bien y desde los 17 o 18 años estoy concentrando permanentemente durante todo el año», explica.
Este régimen implica pasar tres semanas concentrado y seis días en casa. «Vivo de esto y no tengo posibilidad de hacer muchas cosas», reconoce con orgullo por su compromiso.
Los entrenamientos también evolucionaron con el tiempo. «Cuando empecé, remaba entre tres y cuatro veces por semana, no conocía el gimnasio y hacía salidas largas a correr. Ahora entreno seis días por semana, con varios turnos: sesiones de kayak y canotaje, trote y natación».

La previa a una competencia es otro mundo. «Depende de varios factores: de cómo me vengo sintiendo, de la seguridad con la que llego, de si es una competencia nacional, internacional o provincial; y si es un bote de equipo, cambia todo», explica, y agrega: «para manejar esas variables, trabajo con un psicólogo y recurro a ejercicios de respiración y visualización. Puedo hacerlo bien porque es lo que hago todos los días”.

Su historia refleja lo que pocas veces se ve: el sacrificio silencioso detrás de cada atleta que decide apostar todo por un sueño: en este caso, llegar a los Juegos Olímpicos.
