Cultura y Espectáculos

“Hereje”: una película que se anima a hablar de la fe sin miedo

Cómo cuestionar lo sagrado sin burlarse de la fe. El film explora cómo la religión puede usarse para influir y generar miedo, y plantea que dudar también forma parte del acto de creer.

Las protagonistas de El Hereje.

Por Antonella Ruiz

Hablar de religión nunca fue fácil. Es un tema que toca lo más personal de cada uno, por eso muchos prefieren no opinar. Pero Hereje, la película dirigida por Scott Beck y Bryan Woods, se anima a hacerlo igual, y eso ya la vuelve distinta. En un momento en que casi nadie cuestiona lo “sagrado”, esta historia entra de lleno en ese territorio sin titubear.

La trama parece simple: dos chicas misioneras visitan la casa de un hombre desconocido para hablarle sobre su fe. Al principio, todo parece normal, pero la conversación empieza a volverse rara, tensa, hasta revelar temas que casi nadie se anima a decir en voz alta.
A través de ellos, la película muestra cómo la religión puede usarse para manipular, cómo la fe puede mezclarse con el miedo y cómo, muchas veces, las creencias se convierten en herramientas de poder.

Al principio, todo parece normal, pero la conversación empieza a volverse rara, tensa, hasta revelar temas que casi nadie se anima a decir en voz alta.

Lo más interesante es que Hereje no se burla de la religión, pero tampoco la trata como un tema intocable. La aborda con respeto, pero sin miedo. Se anima a decir que dudar también está bien, que no es necesario creer ciegamente para tener fe. Todos, en algún momento, nos hacemos preguntas sobre lo que creemos, y eso no tiene nada de malo.

Lo verdaderamente valiente de esta película es que habla de algo que muchos prefieren callar. Los directores sabían que podía generar enojo o polémica, pero igual se arriesgaron con una intención clara: abrir una conversación. No busca decir qué es correcto creer, sino reflexionar sobre cómo vivimos nuestras creencias.

Hoy, muchas películas evitan estos temas por miedo a las críticas. Hereje, en cambio, se anima a incomodar. Te hace pensar, cuestionar y hasta sentir cierta incomodidad, pero de manera atrapante. Cuando termina, no queda claro de qué lado estás, y justamente ahí reside su fuerza.

Al final, deja un mensaje simple pero potente: la fe y la duda pueden convivir. Creer no siempre significa estar seguro de todo; a veces, animarse a pensar por uno mismo es la forma más auténtica de tener fe.

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